Hace poco escuché de voz de Helios Herrera, un concepto que me gustó mucho acerca de lo que era la vocación. Él nos compartía que la vocación es el llamado de Dios para tu alma ¡Qué bonita manera de definir la vocación! me dije, ahora entiendo porque hay mujeres que tienen alma de científicas, otras de abogadas, unas de astronautas o arquitectas, y otras más la tenemos de empresarias.

Ser empresaria es una vocación, es un llamado, y me gusta pensarlo y sentirlo como un llamado que te da la oportunidad de contribuir a hacer de este mundo un mejor espacio para habitar, desde lo que sabes y amas hacer, y logrando contagiar en otros esa visión que te mueve a levantarte día tras día a “abrir las cortinas de tu negocio”.

Quizá hay quién sabe desde niña cuál es su llamado o, tal vez, como yo, lo descubra algún tiempo después, alrededor de los 35, después de que decidí divorciarme y elegí comenzar a construir un proyecto propio, con todo lo que ello implicaba.  Y también después de que durante años creí que mi llamado iba en otra en dirección, pues del mundo jurídico pasé en unos años al del coaching profesional para mujeres, líderes, equipos y empresas familiares. Todo lo aprendido en mi camino en el derecho, le aporta valiosas herramientas a mi quehacer profesional, porque es algo que sé hacer bien, pero hoy tengo claro que mi llamado es acompañar a otras mujeres, líderes y organizaciones para que puedan desarrollar su máximo potencial y contribuir a que las empresas familiares sean un negocio rentable, sin poner en riesgo a su familia. Mi llamado, entonces, tiene que ver con colaborar a que las personas vivan mejor, se sientan mejor consigo mismas al desarrollar su potencial, con que pueda haber familias sanas y empresas prósperas. Esa es la llamita en mi corazón que me impulsa cada mañana a apostar por tener una empresa formal que sea generadora de empleo, que pueda ayudar a otros a cumplir sus sueños, que propicie relaciones que generen valor, no solo para mi, sino para todos los que tengan que ver conmigo.

Quiero compartirles que cada mañana hago una oración: “Que todo lo haga hoy, que todo lo que salga de mi boca, sea para mi más alto bien, el de mi hija, el de mi familia, y el de todos aquellos a quienes toque con mi vida”.  ¿Te imaginas estar haciendo algo que solo te sirva a ti, a llenar tus bolsillos de dinero, pero que no le aporte nada a nadie? ¿Te imaginas que tu motivación sea, incluso, hacerle daño a otras personas para beneficiarte tú? ¿Te imaginas estar invirtiendo la mitad de tu vida en hacer algo que no amas hacer? Yo no, eso para nada haría encender mi llama.

Y dicho esto, ¿será entonces que mi historia es muy distinta a la de otras mujeres que decidieron ser empresarias?

Yo creo que en realidad no tanto. Podrá haber variables en la forma en la que nos “lanzamos al ruedo”, en los servicios que prestamos o en los productos que vendemos, pero tenemos en común un mismo origen: el día en el que decidimos tener una empresa, ya sea porque la creamos y nos propusimos comenzar a escribir su historia, o porque elegimos asumir el reto de quedarnos al frente de alguna que ya existía para continuar escribiendo su historia.

Nuestras motivaciones pudieron ser distintas también, pero lo cierto es que a partir de que visualizamos ser empresarias y tomamos la decisión de dar ese emocionante paso, tenemos en común también que un montón de cosas vinieron como consecuencia, tuvimos que aprender a lidiar con la incertidumbre, a administrarnos, hubo que acercarnos a buscar las personas idóneas para construir nuestra visión, a veces sin éxito y otras tantas veces, encontrando a las mejores; a confiar en otros, y antes que todo, en nosotras; hubo también que descubrir cómo ser líderes y aprender a construir equipos. Seguramente, las empresarias que lean este texto, también se identificarán conmigo en que desde el día 1 en que dimos ese paso, hemos fallado varias veces, que ha sido un camino de prueba y error, de muchos descubrimientos,  y que a veces sí da miedo, que sí tiemblan las piernas, pero que también es un camino de enormes satisfacciones que nos mantienen la llama viva.

El camino hacia ser empresaria comienza desde el momento en que pensamos en la posibilidad de serlo, hay quien finalmente decide no serlo, y está bien, su llamado no está entonces ahí, sino en otro lado, y hay quienes hacemos realidad esa posibilidad, y nos abrimos a vivir las peripecias que trae consigo este llamado. Hay muchos obstáculos en el proceso entre pensarlo y hacerlo realidad, algunos que se me vienen a la mente están relacionados con el entorno social o familiar, pero una de las principales piedritas o piedrotas en el camino, tiene que ver con lo que nos contamos acerca de si podremos lograrlo.

Creo con sinceridad que a veces lo que nos limita a dar el paso hacia ser empresarias, es a su vez, paradójicamente, lo mismo que desde otra perspectiva, nos impulsa a serlo: nuestra autopercepción. Sí, tristemente, el primer enemigo a vencer, a veces, resultamos ser nosotras mismas. Más o menos comenzamos con estas conversaciones internas: “Maru: ¿y si no puedes?” (habría que responder: “¿y si sí puedo?” ); “Maru: tu papel es ser mamá” (habría que responder: “y si mi papel es mostrarle a mi hija que ella puede hacer cualquier cosa que elija hacer” ); “Maru: “¿y si fallas?” (habría que responder: “pues ni hablar, fallaré, pero llevaré algo de experiencia para la siguiente vez” ); “Maru: “y si no es ahí” (habría que responder: “pues si sí es, habré ganado; y si no es, entonces siempre tendré la posibilidad de rectificar el rumbo hacia lo que decida que es lo mejor para mi, porque tengo ese poder de elegir” ).

Cuando estás determinada a seguir tu visión, a seguir ese llamado que se convierte en la llama que te mueve, vas a buscar la forma de superar cualquier obstáculo, cuando crees en quien eres y en lo que eres capaz de hacer, no habrá voces que logren empequeñecerte o renunciar a tus sueños, a esas voces, les pondremos mute y les abriremos nuestros oídos a otr@s mujeres y hombres que sí lo han logrado y que pueden convertirse en nuestr@s mentor@s, buscaremos los medios, las personas, las herramientas idóneas para conseguir lo que vimos y que se convirtió en el motor que nos mueve.

Ser empresaria, no es un camino libre de fallas ni incertidumbre. Si no va contigo fallar y te da pánico la incertidumbre, quizá este no sea tu llamado, pero si acaso estás dispuesta a asumir esos tropiezos como un proceso de mejora sin límite y a ver a lo incierto como un fuente eterna de posibilidades, quizá deberías escuchar ese llamado de tu alma, diciéndote: ¡Confía en ti, lo vas a hacer y muy bien!

Maru Rodríguez es CEO Fundadora de Company ́s Heart.

www.companysheart.com

Coach Ejecutivo, de Equipos y de Equipos en Empresas Familiares certificado por la Escuela Europea de Coaching. Miembro de la International Coach Federation.

Está certificada por el CONOCER de la SEP en 6 Estándares relativos a Competencias Directivas Generacionales.

Licenciada en Derecho por la Universidad Nacional Autónoma de México.

Actualmente es Vicepresidenta de Educación de la Cámara de Comercio, Servicios y Turismo de la CDMX y Representante de esta institución ante la Comisión de Educación y la Comisión de Mejores Prácticas de Gobierno Corporativo del Consejo Coordinador Empresarial (CCE).

Directora del Comité de Mejores Prácticas en Empresas Familiares de CANACO CDMX.

Consejera Nacional en el Consejo Coordinador Empresarial (CCE).

Creadora del concepto “Mujeres que no se rompen”.

Miembro activa de Mujeres CANACO en Movimiento.

Blog: www.coachmarurodriguez.com

Facebook: Mujeres que no se rompen

Instagram: mujeresquenoserompen

Coach Maru Rodríguez

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